Centenaria presencia de las artesanías

Texto: María Teresa Pomar

En la época prehispánica los artesanos eran considerados, dentro de los distintos estratos de una sociedad jerarquizada, como un sector privilegiado y altamente estimado por sus dignatarios. Al respecto fray Bernardino de Sahagún hizo una prolija descripción de los artesanos indígenas quienes, en forma similar a los artistas de la Italia renacentista, eran asimilados por los altos jerarcas de la sociedad con la finalidad de elaborar los atuendos y objetos necesarios para su vida cotidiana y ceremonial.

Por su parte Torquemada al referirse a ellos dijo: “…y cada oficio se usase en Barrios de por sí; de suerte que los que eran Plateros de oro, avían de ser, y no se avían de mezclar otros con ellos; … y de ésta manera iban distribuidos los demás Oficios y Oficiales en la Ciudad, no entreverándose, ni juntándose los unos con los otros…”

Bernal Díaz del Castillo escribe: “… la tierra ésta llena de magueyes del cual hacen su vino. Hacen alfarería muy buena en la ciudad, de arcilla roja y negra y blanca, con varios diseños, y abastecen de ella a México y todas las provincias vecinas…”

La política artesanal cambia radicalmente en la Nueva España desde su primera etapa con la total destrucción del quehacer y obra de los viejos artesanos, quienes involucraban en sus creaciones gran parte de la visión cosmogónica de los que fueron dominados.

El sistema de destrucción y persecución de los artesanos se prolongó hasta que los humanistas llegados con los soldados, encarnados en don Vasco de Quiróga –un civil que aceptó en su madurez la investidura sacerdotal para lograr sus propósitos humanísticos–, decidieron aprovecharla habilidad de los artífices indígenas y la utilización de materiales autóctonos. Y hacen uso de la tecnología para transformar los elementos del medio natural en satisfactores requeridos por la sociedad novohispana en desarrollo.

En el periodo virreinal se estableció la organización gremial en México; en ella quedaron comprendidos los artesanos mexicanos, seguramente en su mayor parte indígenas y mestizos, aunque relegados a los más humildes trabajos, ya que para ser oficiales o maestros se requería pureza de sangre.

Fue en esta época cuando se acrisoló la producción artesanal para adecuarla a la demanda de la naciente sociedad criolla y mestiza, de cuya reglamentación Carrera Stampa y Silvio Zavala nos informan en sus trabajos sobre la organización gremial en la Colonia.

Es de suponer que en las postrimerías del virreinato el territorio de la Nueva España y la Audiencia de los Confines se abastecían de obras y manufacturas realizadas por los artesanos nacionales, ya que las importadas vía la Nao de China, así como las mercancías que los galeones españoles traían –porcelanas encajes y terciopelos de Flandes– estaban limitadas a un grupo de grandes recursos económicos dentro de la sociedad virreinal.

No obstante lo anterior, los obrajes para el beneficio de la lana, de la raíz del zacatón y de otros muchos productos, han quedado como constancia histórica en los Estados de México, Guanajuato, Zacatecas y Jalisco como ejemplo de actividad servil. Todos ellos eran propiedad de los encomenderos y de los señores criollos y su producción se destinaba a las clases populares.

En los albores de la Independencia destaca el interés de don Miguel Hidalgo quien establece factorías y talleres artesanales en la ciudad de Guanajuato dedicados a la producción alfarera con la técnica de la mayólica, conocida también como loza de Talavera.

Fácil es suponer que hasta las postrimerías del siglo XIX poca atención gubernamental se prestó a la actividad artesanal, puesto que México estaba decidiendo su futuro. Sin embargo, nos quedan constancias de que en esos años la magnífica obra que realizaban los artesanos registraba acontecimientos históricos. Los descendientes de la familia Iturbide aún conservan en sus colecciones privadas preciosos rebozos de seda con el signo imperial del frustrado emperador criollo. Algunas ollas pulqueras plasman escenas patrias en donde la figura de don Miguel Hidalgo sostiene una bandera tricolor y se conocen rebozos de seda cuya decoración es el águila republicana. Se dice que la famosa Güera Rodríguez lució algunos de ellos escandalizando a la sociedad.

Sabemos que los artesanos cubrían la demanda de los diversos estratos de la sociedad mexicana, tanto en las obras de la sierra en las regiones interétnicas como en las zonas urbanas de la provincia y de la metrópoli, según lo prueban las obras artesanales de marquetería, laca, muebles, arcones, imaginería, miniaturas o de humilde barro que han llegado hasta nosotros. Hacia mediados del siglo pasado surgen los bodegones y pinturas populares de Arrieta, en Puebla y de Murrieta, en el Estado de México expresando en su pintura escenas campiranas. Hay un sinnúmero de artículos escritos ilustrados con primorosas litografías que describen las costumbres donde necesariamente aparecían los objetos que el pueblo requería en su vida diaria. Sabemos, por ejemplo, que la cerámica del Barrio de la Luz en Puebla surge a mediados del siglo pasado, y podríamos mencionar muchos objetos de arte popular que todavía hoy nos son familiares en nuestra vida cotidiana.

Durante el periodo porfirista el mundo de los científicos dirige su vista al exterior, y Francia y lo afrancesado se convierten, cuando no en el patrón a seguir, sí en la ridícula caricatura del “quiero y no puedo”. Entonces se despreció a la artesanía tanto como al pueblo; sin embargo, la corriente creativa sigue latente y ahí están para orgullo nuestro figuras como la de Panduro el viejo, en Tlaquepaque, Jalisco. Con el estallido de la Revolución resurgió nuestro arte popular. Fue Alvaro Obregón quien tomó nuestras artes populares y las llevó al extranjero en un afán de afirmar nuestra nacionalidad. Se comisionó a un grupo de mexicanos ilustres interesados por el arte popular (curiosamente casi todos pintores y casi todos jalisciences: Gerardo Murillo, más conocido como Doctor Atl, Javier Guerrero, Ixca Farías, Roberto Montenegro, Gabriel Fernández Ledezma), quienes formaron las primeras colecciones y publicaron el libro-catálogo del Doctor Atl: “Las Artes Populares de México”.

En la década de los veinte a los treinta otros pintores recogen la estafeta e impulsan nuestro arte popular en unión de alumnos investigadores extranjeros como Francisca Toor, William Spratling y mexicanos como Diego Rivera, Adolfo Best Maugart y Frida Kalho, quienes continuaron dando impulso y fomentando las artes populares.

Durante la época cardenista se crea el Museo Nacional de la Industria, bajo la dirección del antropólogo Miguel Othón de Mendizábal, cuyos esfuerzos culminan en la creación de varias dependencias de la Secretaría de Educación Pública, adjudicándoles tareas relacionadas con las artes populares.

Al finalizar la década de los cuarenta don Isidro Fabela, entonces gobernador del Estado de México, creó en Toluca el primer museo dedicado al Arte Popular en el país, y posteriormente el licenciado Miguel Alemán, siendo presidente, inauguró el Museo Nacional de Artes e Industrias Populares y nombró a don Fernando Gamboa curador de una exposición de arte popular que recorrió Europa con gran éxito. Años más tarde el presidente Adolfo López Mateos creó un fideicomiso para el fomento de las artesanías en el Banco Nacional de Fomento Cooperativo, que bajo la presidencia del licenciado Luis Echeverría se transformó en el Fondo Nacional para el Fomento de las Artesanías (FONART), todos organismos gubernamentales, así como las Casas de Artesanías establecidas en diversos estados de la república para ayudar e impulsar a los artesanos mexicanos. Por otra parte, Fomento Cultural Banamex, organismo privado, ha iniciado un interesante programa de ayuda a los artesanos populares que se inició con una magna exposición-venta de trabajos de 150 de ellos, así como con la dotación de materia prima y herramienta adecuada a través de talleres en los pueblos artesanales.

El aprecio por las obras que produce el pueblo para el disfrute de todos, se incrementa cada día, estas obras han servido de inspiración a muchos de los artistas más renombrados de México como Rivera, Tamayo, Orozco, Fernández Ledezma, Nishizawa y muchos más.

Lo cierto es que ellos, los artistas y artesanos de México, a lo largo de nuestra historia han logrado superar sus carencias. Esperamos que en los próximos siglos la actividad artesanal siga ocupando un lugar privilegiado en la preservación de nuestras tradiciones.

Fuente: México en el Tiempo No. 33 noviembre / diciembre 1999

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